FARMEANDO TRAUMA

 



Como dicen Los Prisioneros “todo el mundo dice que vive sufriendo como nadie más, cuéntame una historia original”.

 

Si existiese una competencia para “farmear trauma” probablemente muchas seríamos campeonas. Qué infancia fue peor, que weón nos cagó más la cabeza, o cuan desdichada somos por no cumplir lo que deseamos como si eso definiera lo que somos. Quedarse pegadas en lo que “no resultó” sólo nos anclará en lo negativo, bloqueará oportunidades, en definitiva, no nos permitirá avanzar, mucho menos sentir eso que llaman “felicidad”.

 

A veces me pongo dramática por el calor del momento o le “doy color” a mis textos con fines "poéticos". Es cierto, hay etapas en que me siento como el orto, pero la mayoría del tiempo estoy estable y contenta. Cuando perdemos el foco es difícil encauzar nuevamente esa energía vital porque nos enfocamos en lo que carecemos, no en lo que tenemos. Esa premisa la he usado mucho en mis textos y, a veces, caigo en mis propias palabras “iluminadas”.

 

¿Por qué nos cuesta tanto disfrutar? En mis largas y extenuantes reflexiones con la almohada saqué la conclusión que la raíz está en el sobrepensamiento, uno de los factores más determinantes para vivir en carencia, un arma mortal que nos lleva a nuestro propio suicidio emocional. ¿Por qué chucha nos ponemos en millones de escenarios donde todo sale mal? Nos exigimos tanto que nos perdemos a nosotras mismas en la búsqueda de respuestas.

 

Que heavy como complotamos y, muchas veces, boicoteamos nuestra felicidad por traumas y miedos que nos persiguen con una guadaña ¿Cómo cambiar esto? Supongo que viviendo en el presente. Pensar en el futuro sólo es incertidumbre, incertidumbre que se puede transformar en sicosis. Pucha que somos buenas para pasarnos rollo. Con una amiga nos cagamos de risa de las estupideces que elucubramos en nuestras mentes creativas.

 

Para nadie es nuevo que las mujeres solteras construimos una trinchera. Detrás de ella hemos construido un mundo ideal lleno de paz y armonía. Ya no permitimos vínculos que no cumpla con exigencias “mínimas” como la inteligencia emocional, la responsabilidad afectiva y disponibilidad. Un espacio donde nuestra mente y cuerpo están en calma; sin embargo, ante cualquier “invasor” queda la escoba, nos descompensamos e ilusionamos con el potencial de alguien que posiblemente no nos brinde seguridad. Construir una trinchera parece lo más razonable ante este escenario.

 

El problema es que, si bien una trinchera sirve para protegerse también puede convertirse en una cárcel. Detrás de ella estamos tranquilas. Nadie nos decepciona, nadie nos desordena, nadie nos hace cuestionarnos nada. No sufrimos, pero tampoco sentimos. Sentir es parte de estar vivas. Quizás la pregunta no es si queremos una relación. La pregunta es si todavía estamos disponibles para experimentar el “amor” con todo lo que eso conlleva, sentir hasta el tuétano. Aprendí tanto a protegerme que terminé protegiéndome de lo que deseo.

 

Me he dado cuenta de que a veces no estoy buscando a alguien. Estoy buscando sentir algo. Esa electricidad absurda que aparece cuando alguien nos gusta, cuando esperamos un mensaje, cuando imaginamos posibilidades, cuando una mirada parece decir más de lo que realmente dijo. Y después, claro, viene el sobreanálisis, la interpretación de cada palabra, y nuevamente nos vemos envuelta en una teleserie de esas bien cebolla.

 

Posiblemente también he confundido intensidad con conexión. No siempre lo emocionante es bueno. A veces lo sano se siente raro simplemente porque no activa ninguna alarma. No quiero seguir midiendo el amor por cuánto me hace sufrir, ni la conexión por cuánto me obsesiona, ni mi valor por cuánto alguien me elige. Tampoco quiero transformarme en una mujer impermeable a la que no le entran balas.

 

Quiero algo bastante más difícil: seguir habitando en mí sin perder la capacidad de ilusionarme. Seguir poniendo límites sin levantar murallas. Seguir disfrutando mi independencia sin convertirla en una excusa para no necesitar a nadie. 

 

Desear compañía, cariño, un abrazo, conversación, piel, complicidad, alguien con quien reírse de una estupidez a las dos de la mañana no es debilidad. Quizás la verdadera independencia no consiste en no necesitar a nadie. Consiste en no abandonarte por desear estar con alguien.

 

En eso estoy, aprendiendo. A veces con una elegancia admirable y otras haciendo puras weás. Porque tampoco se trata de sanar toda mi historia sino permitirme cometer errores.  De otro modo mi vida sería aburrida y no tendrían estos maravillosos textos a disposición. Se trata de reconocer cuando estamos repitiendo una historia conocida y atrevernos a escribir otra.

 

 ¿Soy un personaje o una persona? Me preguntó un amigo. Creo que ambas. La vida se encarga de ponerme en situaciones cinematográficas, pero el guion lo escribo yo al decidir cómo afrontar lo que se presenta. Cada historia pudo ser de otra manera, yo elegí el desenlace épico de cada una con todos sus costos, aciertos y errores. En todas ellas me elegí.

 

Por eso hoy no quiero contarles una historia de desamor. Tampoco una historia de superación sino la de una mujer que un día entendió que no tenía que “farmear trauma” para validar su dolor, ni demostrar que estaba rota para merecer ternura. Una mujer que dejó de mirar permanentemente hacia atrás para comprobar cuánto había sufrido. Una mujer que decidió mirar hacia adelante, aunque no supiera exactamente dónde ir. Una mujer valiente que dice lo que piensa y no teme ser juzgada por tener voz.

 

No maduraré jamás porque no soy una fruta; sin embargo, tengo la obligación de aprender de las cagadas. La aceptación es fundamental para mirarse con benevolencia, para observar nuestras heridas sólo como una parte de nosotras no como algo que define nuestra identidad. Todos estamos dañados, en mayor o menor medida. El asunto es aprender a gestionar lo que nos pasa para transformar nuestra narrativa en una más amable y autocompasiva, sin cuestionarnos tanto si hacemos o no bien las cosas. Dejar el rumeo mental. Encontrar la calma en nosotras y todo lo que nos quite esa paz bye bye.

 

Vivir de una manera que nos haga sentir orgullosas por todo lo que hemos construido y los obstáculos que hemos sorteado para estar en el sitial de hoy. Pensar “chucha lo estoy haciendo bien, aunque a veces haga cortocircuito”. Vivamos nuestra corta y frágil vida de manera épica, sin necesidad de tener todo resuelto. Con días buenos, días como el orto, proyectos, amigas, trabajo, ganas, miedo, sexo, risas, incertidumbre, contradicciones y una cantidad razonable de decisiones cuestionables. Porque quizás la vida no se trata de dejar de sufrir. Se trata de no permitir que el sufrimiento sea lo más interesante que tenemos para escribir en nuestro diario de vida.

 

Y yo, por lo menos, ahora tengo ganas de contar otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 


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