BUMBLE Y UN FUNERAL
Me doy por vencida, tiro la esponja, la toalla, cuelgo las zapatillas, me rindo. Estos últimos meses he sentido una sensación de soledad que penetra cada rincón de mi alma, un vacío por un anhelo, por algo que no se manifiesta de la manera que espero y merezco. Desear querer a alguien es algo humano, no cabe dudas; sin embargo, cada intento termina en una decepción, un porrazo o una lección. Estoy chata de aprender, de encontrar sentido a lo que llaman “amor”.
Se me hace tan difícil conocer a alguien que me guste realmente y, cuando sucede es como caer en un abismo que abre heridas y traumas heredados de experiencias pasadas. Me he cuestionado si el problema soy yo, si es mi responsabilidad todo este desmadre. Incluso a veces siento que me gustaría ser otra persona, otro tipo de mujer, más simple, complaciente y reservada. Alguien que no pise callos ni incomode. Pensé incluso cerrar el blog para que no me juzguen ni piensen que me gusta el webeo o soy muy intensa. En el fondo anular mi identidad con tal de ser “elegible”. ¿Cuál es la necesidad de entrar en este loop cuando todo estaba en equilibrio en mi vida?
Un día decidí nuevamente abrir Bumble de aburrida, no existe otra explicación. Hace ocho meses que no salía con nadie, hace año y medio que no me gustaba alguien en realidad. Sin embargo, me dio una de las historias más significativas de mi vida. Me di cuenta de lo que estaba hecha, del infinito amor que habita en mí. Una experiencia de vida que jamás de los jamases olvidaré ¿Por qué todo se transforma en una experiencia vital? Esta es la number one en mi enorme lista de vivencias. Lorena escribe ese libro ¡ya!
Resulta que obviamente conocí a alguien, a alguien interesantísimo con una cantidad de cualidades y virtudes que pocas veces veo en un hombre. Alguien extremadamente inteligente, de talla mundial en lo que hace, alguien a quien admirar. Volvió a Chile a cuidar a su madre enferma, él ha vivido la mayor parte de su vida en el extranjero.
Un domingo nos juntamos a tomar un café para conocernos. Llega con una gran sonrisa, algo nervioso, no paraba de hablar y me dijo “eres igualita a las fotos”. Esa wea me dio risa porque al parecer tenía harto entrenamiento en Bumble. Mi sicóloga me dijo que conocerse a través de APPs parte de la base de la desconfianza y creo tiene razón. Me contó que tenía varios hijos, se había separado hace un tiempo y regresó a Puerto Montt para cuidar a su mamá. Él reconocía que venía con una tremenda mochila y se sentía como alguien de 80 años a pesar de que tenía 43. La cita fue amena, interesante, profunda. Me advirtió que era intenso y que buscaba algo “light”. Pensé “esta canción ya la conozco”.
Honestamente, no supe responder a todo lo que me decía, me di cuenta de que tampoco sé lo que quiero, pero sí cómo lo quiero. Salimos del lugar y caminamos abrazados por la costanera, se me hizo alguien tan familiar, tan cercano, tan cariñoso. Nos despedimos y acordamos vernos pronto porque tenía que viajar a Europa a dar una conferencia. En el intertanto nos enviábamos canciones, fotos, todo nice. Nos reunimos nuevamente, me parecía cada vez más interesante, concluí que este tipo era mi tipo de hombre a pesar de su contexto. Sin embargo, su intensidad me empezó hacer ruido. Me contó que habló de mí con su mamá. Le pregunté qué le dijo y respondió “que podrías ser mi persona”. La empanada me quedó en la garganta. Me empecé a incomodar. Luego le conté que el próximo año iría a Escocia y me dijo que fuéramos juntos ¿Qué chucha pensé? En fin, me hice la weona y seguimos conversado animadamente. Me dijo que a su regreso haríamos tantas cosas, proyectaba una continuación.
Se fue al extranjero. Cada semana me enviaba fotos, la comunicación fue muy prudente así que me relajé con su intensidad hasta que regresó un miércoles, quería verme el jueves. Le propuse juntarnos a almorzar el sábado y dice “son muchos días para vernos. Te invito mañana a tomar once con mi mamá a mi casa”. Quedé de una pieza, desprogramada ¿Quién invita a alguien a una tercera cita a tomar once con la mamá? Fui porque quise romper el paradigma de cómo tienen que ser las cosas, le compré una caja de chocolates a la señora.
Llegó el día, confieso que no sé por qué accedí. Llegué a su casa, conocí a su madre. Una mujer elegante, diva, amorosa, simpática, aventurera. Me vi reflejada en ella y, a su vez, me acongojaba ver a una persona eclipsada por una enfermedad de mierda. Él muy atento y amoroso. También conocí a su hermano, tan simpático y agradable. En su casa se respiraba mucho amor. Honestamente lo pasamos muy bien en esa once, reímos, hablamos de viajes, de la vida, de tantas cosas. Salimos a fumar y me dijo que trajo un regalo. Nos despedimos y acordamos vernos pronto.
Como ambos somos ansiosos lo invité a mi casa al día siguiente. Hice ceviche para retribuirle su invitación donde me abrió su espacio más sagrado, le abrí el mío. Llegó con su mochila. Comimos y nos sentamos en el living a cantar, a reír a carcajadas, lágrimas de risa corrían por sus mejillas. Cantó “Rocky Raccoon” de The Beatles. Por mi parte hice un show de canto, baile y stand up. Fue una noche de variedades. Nos abrazamos, dimos la mano, le besaba la frente para espantar sus demonios. Me preguntó si podía dormir en mi casa y, por supuesto, accedí.
En ese momento me puse coqueta pues pensé que ya era hora de consumar, pero me equivoqué. Nos lavamos los dientes y pensé “ahora sí que sí”. Se acostó prácticamente vestido. No entendía nada pues llegó a mi vida a 200 kilómetros por hora. Me puso el freno de mano. Por supuesto entendía la situación pues estaba pasando por un momento difícil. Se pegó como una lapa porque necesitaba mucho cariño, cargaba con un dolor profundo. Lo abracé y dormimos. Ni siquiera nos dimos un beso.
Al día siguiente nos despertamos, conversamos y sale con la siguiente frase “te quiero pedir por favor que no te enamores de mi”. Que chucha le pasaba, me dio una patada al ego de aquellas y respondí “¿Quién te crees para decirme algo así, acaso tienes atributos para que me enamore de ti? A mi hay que conquistarme”. Al rato me pregunta ¿A qué hora te levantas en la semana? Le dije que entre las 8 y 8.30. No se le ocurrió nada mejor que decir que iría a dormir a mi casa seguido. Sin preguntar me deja su cepillo de dientes. La incoherencia con patas.
Aturdida de todo lo que pasaba nos levantamos a tomar café y pusimos a conversar sobre el tipo de relación que tendríamos, todo delirante. Me dice que vayamos al mercado para despejarnos, accedí. No sé por qué seguía metida en esa situación. Las personas confundidas, confunden. Pasamos a buscar a su mamá y partimos al mercado. Me acariciaba en la calle, incluso esbozaba la palabra “amor” cuando se refería a mí. Todo súper loco. Terminamos tomando desayuno con la mamá. Pucha el hombre malherido pensé.
Le pedí que me lleve a casa, necesitaba digerir toda esta situación. Le dije que tenía que pensar si era sano para mí seguir vinculándome con él. Lloré de confusión y me cuestionaba por qué la vida se encarga de ponerme en situaciones extremas para que aprenda algo o ponga límites. Mis amigas con ataque por lo acontecido, sobre todo por el cepillo de dientes. Me dijeron que lo bloquee y adiós.
Al par de días tuvimos otra cita. Ahí fui con pintura de guerra, con mis estandartes de amor propio y de límites intransables como la indisponibilidad emocional y las incoherencias. Ahora que lo pienso me dejé llevar por este “love bombing” de una persona sumamente frágil, sola y triste. Estaba en una postura súper rígida con ganas de mandarlo a la mierda hasta que entra al lugar y dice que su mamá estaba peor.
Le entregué el cepillo de dientes envuelto en toalla nova con la frase “con este acto psicomágico rompo con el patrón de la indisponibilidad emocional”. Bien weona ¿Qué le podía pedir? Malinterpreté todo. Harto caro me estaban saliendo las ganas de tomarme un café con alguien. Tuvimos una conversación incómoda que supimos sobrellevar con madurez y acordamos ser amigos. Dijo que me apreciaba y que si lo mandaba a la cresta sentiría pena. Lo más torcido es que aquí me empezó a gustar y con ello comenzaron una serie de sobrepensamientos e hipótesis de toda índole. Concluí que gustar de alguien es como arder en el infierno cuando no es la persona correcta. Tal como me lo dijo en la primera cita, tiene una mochila llena de piedras y un puzzle de millones de piezas sin resolver. Debía arrancar ¿Qué hice? Me quedé como apoyo emocional. Como una forma de experimentar un amor fraternal, le extendí la mano en un mundo indolente.
Nos despedimos. Los días siguientes hablamos por Whatsapp. Me esforzaba por hacerlo sentir bien porque el estado de salud de su mamá cada día empeoraba. Hasta que a la semana siguiente me dice que su madre falleció. En ese momento me comprometí a acompañarlo hasta el final. Fui la primera, que no era de la familia, en llegar al velorio. Le hice un ramo de flores, lo vi y abrazamos fuertemente. Sentí que me necesitaba. Eso me removió porque me di cuenta de que deseo profundamente dar amor, incluso más que recibirlo a cambio de nada.
Fui los dos días al velorio y luego al funeral. Me sentí cómoda pues su familia y amigos me acogieron amorosamente ¿Qué monos pintaba ahí? No lo sé, sólo sé que fue mi decisión ser parte de una de las experiencias más dolorosa de un ser humano completamente desconocido. Mis amigas no compartían mi decisión, pero destacaban mi calidad como persona, me decían que soy “increíble”.
No me arrepiento, más cuestiono mi capacidad de entrega. Mi psicóloga me dijo que doy demasiado, que no mido consecuencias poniendo en riesgo mi salud emocional pues esto, a la postre, se transformó en una pena. Cargué con una pérdida que no era mía. Qué puedo hacer más que aceptar que habita en mí un vacío. Necesitaba sentir y lo sentí todo.
El día del funeral me senté a observar desde lejos. Lo miraba con detención, incluso romanticé el momento. Puta que soy romántica, no puedo ser de otra manera. Escuché atentamente su discurso, en sus sentidas palabras creí interpretar cosas que conversamos.
Al culminar el sepelio me acerqué y le dije “me comprometí que estaría hasta el final y este es el final”. Después de esto tuvimos escuetas conversaciones por Whatsapp. Un día me envía la canción “Desde la Raíz” de Natalia Lafourcade. Le escribí que no lo dejaría solo y le dediqué “I Stand by You” de The Pretenders. En este punto dejé de esperar algo porque, en realidad, no tiene nada más que ofrecer. Entendí que necesita estar solo y vivir su proceso en paz. No tengo cabida en su vida y por ahora él no tiene cabida en la mía. No así.
Un día caminando por la costanera nos cruzamos frente a frente y abrazamos con fuerza, se dio cuenta de que estaba triste. Las coincidencias no existen. Intercambiamos un par de palabras y acordamos vernos ese día. Nos juntamos esa misma tarde a caminar del brazo para hablar de la vida y la muerte. Le dije que por la naturaleza de lo vivido jamás lo olvidaría y él tampoco a mí. “No he tenido compañero de vida, pero sí fui tu compañera en la muerte”. “Que triste” replicó. Esto resume toda la paradoja de la historia.
Ese encuentro duró una hora, él partiría al extranjero para aclarar su mente y corazón, vivir su luto con tranquilidad. Creo que tomó la mejor decisión. También esto me alivió pues necesito distancia.
Esta experiencia me sirvió para analizar lo que debo seguir trabajando para estar realmente abierta para tener una relación sin fantasmas de relaciones pasadas, con calma, sin ansiedad, un vínculo sano con una persona disponible a construir desde la consciencia de una entrega madura, de reciprocidad y presencia. No merezco menos pues estoy convencida que tengo mucho por entregar. Todo lo hago desde el corazón, desde la emoción y sentimiento, aunque a veces salga trasquilada.
Soy la protagonista de mi historia, la heroína. En este capítulo busqué compañía, encontré una situación emocionalmente imposible, me involucré muchísimo, descubrí cuanto tengo para dar y entendí que también necesito protegerme. Ninguna experiencia es en vano. Paradójicamente con el funeral también muere una versión de mí.
Esta vez me prometo nunca más meterme a una APP, salvo a los 65 años cuando necesite compañía para ir a bingos. Vida, no quiero ser tu mejor guerrera.

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