QUE VUELVAN LOS LENTOS

Qué difícil escribir sobre romance en tiempos de vínculos líquidos, vínculos que no son tal, que se diluyen con el paso del tiempo o por cualquier acción que se presenta como una afrenta. A la primera arrancamos y es absolutamente comprensible pues, a veces, sentimos que nuestros esfuerzos por conectar con alguien son en vano. Estamos tan dañados/as que un asomo de romanticismo asusta, espanta, paraliza. 

Desde mi punto de vista el romance parece ahora una forma primitiva de relacionarse o denota una intensidad que pocos/as estamos dispuestos/as a asimilar tildándola de “red flag”. Tenemos miedo a sentir, sobre todo desde la profundidad y la responsabilidad que conlleva amar. Estamos tan acostumbrados/as a relacionar amor con sufrimiento que nos cerramos a esta opción, incluso aunque tengamos un deseo profundo de estar con otra persona. Qué triste, ¿no? 

Vivimos en una era de inmediatez, esto también se extrapola a la forma de relacionarnos. Se habla frívolamente de un “mercado” donde hombres y mujeres se ponen a disposición a conocer a otras personas sin estar disponibles del todo. Todo está sexualizado, no hay espacio para el romance, el romance pasó de moda. 

En este tránsito podemos conocer muchas personas, intentamos conectar, pero sólo encontramos vacío pues nadie sabe lo que realmente quiere. Incluso, me da la sensación que conocemos personas hasta el hastío con el objetivo de que la siguiente sea mejor. No nos damos el tiempo de conocernos y esto no es de exclusiva responsabilidad de los hombres. Nosotras también entramos en este círculo pernicioso del descarte. 

¿Por qué nos avergüenza ser intensos/as? demostrar sentimientos, interés y tener gestos tiernos independiente si ese vínculo prospera. Quizá porque malinterpretamos las señales y nos ilusionamos, hay demasiada ansiedad. Estoy de acuerdo con tener sentido de realidad, somos personas adultas, debemos ser claros/as en nuestras intenciones siendo responsables de nuestros actos, pero ¿Por qué no demostrar? En esta lógica de poner límites no nos permitimos expresar y vivir el momento sin proyecciones. Si el amor es real prevalecerá sino morirá de forma natural. 

Dónde quedaron los tiempos donde un simple roce de manos era una manifestación, regalar flores, bailar, reír, jugar, conversar, mostrar vulnerabilidad, escribir un correo en vez de un mensaje simplón por Whatsapp. Debemos reconocer que todos/as necesitamos amor. Pareciera que el amor se transformó en una pesada carga. Estoy aburrida de la frivolidad, no es mi estilo, no quiero tener miedo de expresar interés porque la otra persona se pueda asustar, eso ya no es mi responsabilidad. Si se espanta ¡Adiós! No quiero sentir de manera mediocre acorde a lo que se estila en la actualidad. Me parece patético. 

Esta reflexión nace por una experiencia que viví en Río con alguien 18 años menor. Si bien esto me desprogramó, porque la diferencia de edad es superlativa, me hizo dar cuenta que mi barrera generacional es primitiva. No podía concebir que eso sucediera. También concluí que cuando conectas con alguien hay muchas cosas que pasan a segundo plano. 

Ahora me doy cuenta que trastrabillé porque en el momento estuve horrorizada. Me descolocó que esa persona me buscara, quisiera compartir tiempo conmigo, me tratara con amor envolviéndome en una experiencia romántica. De esas experiencias a las que no estoy acostumbrada en la actualidad.

Estamos tan familiarizados/as con tener una lista de deseos y expectativas que dejamos de ver otras cosas. No nos permitimos fluir porque nuestras experiencias pasadas fueron insatisfactorias, pero eso no puede definir nuestra forma de relacionarnos ¿Por qué existe tanto miedo? Amar ahora es un acto revolucionario, rebelde, incomprendido en una sociedad podrida por las redes sociales, falta contacto real. 

Que me canten una canción mirándome a los ojos, que caminemos abrazados por la playa, que me pida bailar en la calle sin importar el abismo que nos separa, fue algo emotivo. Sin embargo, todo el tiempo que pasamos juntos estuve rígida por el miedo y la incredulidad de lo que estaba viviendo. No me di el espacio para corresponder aquello aunque me dejé llevar, él me llevó a vivir un momento que se transformó en cine puro. 

En los viajes suelen exacerbarse las emociones porque sabes que, quizá, nunca volverás a ver a esa persona. Indistintamente a mi rigidez pronuncié la frase “te amo” que nació desde lo más profundo de mi corazón. Aquella manifestación de amor del momento fue correspondido con un “te amo” de vuelta. No una vez, sino los dos días que pasamos juntos, mis últimos días en Río. Hace tanto tiempo que no pronunciaba aquello. Fue liberador. 

Como acto de devoción le regalé una de mis pulseras para que siempre me recuerde, espero que siempre lo haga porque tampoco lo olvidaré. Me hizo sentir que estaba en una nube. Posiblemente, por su juventud, no lo atormentan traumas dejándose llevar por su interés genuino en mí. Definitivamente cuando un hombre está interesado moverá cielo, mar y tierra por conocerte. Él lo hizo. 

No pasó nada físico entre nosotros pero pasó de todo. Atesoro ese regalo de la vida. Ahora no espero menos. No es que eleve mi estándar, pero no estoy dispuesta a que el romance me sea indiferente ni quiero dejar de ser romántica porque es algo que me define y no me avergüenza. Lo asumo con orgullo, soy valiente. 

Viva la intensidad, que el romance vuelva a estar de moda porque ya es suficiente con tanta pusilanimidad. Es más, creo que ni siquiera somos capaces de percibir ni distinguirlo porque nos olvidamos que existe. Esta vetado por la sociedad. Estoy clara que el asunto no es Disney pero cortemos el show de romantizar el hecho de no romantizar. 

Amar es imperativo en tiempos violentos. Que vuelvan los lentos, las miradas cómplices, la ternura y las proezas pues eso sostiene, eleva el alma y nos hace más humanos/as.

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