LA DICTADURA DEL CUERPO

 


Llegó el verano y con ello el destape del cuerpo abriendo nuevamente la olla de grillos de todas nuestras inseguridades. Muchas queremos estar "en forma" para lucir bien en la playa o con poca ropa - con "shores cortos" y petos -. Sin embargo, lo que anhelamos se transforma para algunas en una tortura sangrienta porque no alcanzamos ese propósito. En definitiva, tenemos que conformarnos con ser como somos y pasar otro verano con polera. 

Desde niñas el tema de la aceptación del cuerpo nos marca y condiciona la relación con nosotras mismas. No se trata de superficialidad sino que entendemos que el "envase" es garantía de una vida feliz. A pesar de que estamos conscientes de que los estándares de belleza hegemónicos nos cagaron la cabeza seguimos inyectándonos botox, insulina pa' bajar de peso, haciendo costosos y dolorosos tratamientos, miles de weas que ponen en riesgo nuestra salud física y mental. No las critico, soy una de ellas.  ¿Queremos estar "estupendas" para nosotras o para ser aceptadas por esta sociedad machista? Desde mi punto de vista ambas cosas confluyen. 

Crecí odiándome porque me gustaba comer - me encanta comer - por ende desde chica fui "gordita". Llenaba de chocolates el vacío emocional que sentía por no tener una madre cariñosa ni un padre presente. Es más, ellos intensificaron mi inseguridad. Mi madre siempre decía que mi hermana era más linda y mi padre se burlaba porque era "plana". No bastando con eso, en mi familia ser "gorda" era una aberración, de rotos oye. Mis primas mayores santiaguinas venían todos los veranos con sus diminutos bikinis, flacas, bien bronceadas. Sufría en "Playa Hermosa", la playa más cuica de ese entonces en Puerto Varas. 

A los 15 años empecé a tomar anfetaminas - tal como mis primas- para bajar de peso, no comía nada y me desmayaba de tanto en tanto pero no importaba porque la wea era ser flaca -objetivo que nunca conseguí en ese punto de mi vida-. Con los años mi tristeza y frustración creció y así mi masa corporal. A los 18 años pesaba cerca de 83 kilos y tenía una autoestima por el suelo.

Cuando fui a la universidad la cosa empeoró. A punta de completos y tallarines estudié periodismo en Santiago - no tenía plata para alimentarme mejor - siendo conocida como el "terror de los carritos de sopaipillas". A los 22 años me dolían las rodillas y andaba con un kilo de ropa encima para que "no se notara", ocultando mi vergüenza. Nunca me quise pesar, hasta que un día lo hice, la pesa marcó tristes 98 kilos.

Llegué a mi ciudad natal, Puerto Montt, y empecé hacerme cargo 
de este problema que arrastraba tomando Sibutramina (actualmente prohibida en el mercado). Logré bajar 15 kilos. 
Como todas saben esas pastillas tienen un efecto rebote considerable, aquí llegué al tope de mi obesidad con 105 kilos.

Tras esta negra y dolorosa realidad empezó mi maratón para bajar de peso. Hice todas las dietas existentes (incluidas la del melón y del lagarto), me metí al gimnasio decenas de veces pagando el año entero pensando que, por la inversión realizada, me obligaría a ir y fui tres veces. Si supieran cuanto intenté bajar de peso ...

Después de una ruptura amorosa - de ese tipo de relación tóxica radioactiva- a los 28 años empecé a tomar las riendas de mi vida con ayuda sicológica y siquiátrica (lo mío era más que un problema de kilos, eran toneladas de dolor en el alma). Me di cuenta que la única persona que me podía sacar de la depresión era yo y decidí operarme. En el 2008 me hice una manga gástrica. Tomar esa decisión requiere valentía pero era la única salida para esa infructuosa lucha. Claro que quedé con secuelas como gastritis crónica y presión baja

Inicialmente mi experiencia no fue muy positiva; en realidad el post operatorio es complejo. Vómitos, dolores de estómago, frío, debilidad y un estado sicológico confuso acompañaron mi rápida y eficaz baja de peso. Una cosa es lo que dice la balanza y otra muy diferente es la imagen mental que se tiene de si mismo. La única manera en que veía cambios era al mirarme en fotos porque mi mente aún era "gorda" y sigue siendo "gorda". Me costó años acostumbrarme a mi nuevo "yo", un "yo" que no conocía y me empezaba a gustar. Finalmente conseguí lo que siempre quise, ser flaca más no era feliz, quería más y empezaron las cirugías estéticas. Comprenderán que con 37 kilos menos el traje me quedó grande. 

Empecé con lipo, luego me animé a la abdominosplatía y me puse tetas - de esas tetas que mi papá se burlaba-. Estuve con sonda cerca de la vagina para drenar el líquido en una bolsa que cargué a cuestas por una semana. No podía ir al baño, estaba apaleada y con un tajo de 180 grados de cadera a cadera pero sin guata. Perdí la sensibilidad y aún no la recupero al 100%. Un par de años después mi complejo era la espalda por lo que me sometí a otra lipo y cirugía de retracción de piel. Ahora tengo un tajo de 360° que me avergüenza. 

No bastando con eso comencé tratamientos súper dolorosos para combatir la celulitis -esta wea si que me caga la mente- sin mayores resultados. Estoy en proceso de aceptar mis piernas pero creo que nunca lo lograré. 

Relato esto  - exponiéndome a tajo abierto - porque creo que es necesario desmitificar que las cirugías y la baja de peso hacen la felicidad. Si bien ayudan a mejorar la autoestima - amo mis tetas - sigo disconforme. Lo positivo es que, a mis 44 años ya no me importa cumplir las expectativas de nadie. El tema es conmigo.

La lucha frenética por la "belleza" consume a muchas mujeres y hombres transformándose en una batalla cara y eterna porque existen millones de tratamientos en el mercado - hasta inyecciones de alcachofas - algunos dan resultados y otros no. Es uno de los negocios más lucrativos. Existe el dicho "no hay mujeres feas, sólo mujeres pobres".

Hoy, a pesar de lo que relato me siento mejor, la más linda independiente de las cosas que aún me perturban o el deseo que tengo por bajar unos kilitos que me sobran. Desde mi perspectiva para romper con la dictadura del cuerpo se requiere de un cambio de mentalidad verdadero. ¿Por qué trabajamos tanto en nuestro cuerpo y no en nuestra mente? Debemos reconciliarnos con nosotras mismas y abrazar lo que nos molesta de manera cariñosa. Estoy trabajando en eso. 

El problema está en que sufrimos de ansiedad por todo, ansiamos ser lo que no somos. Esto hace que nos deprimamos y empecemos a compararnos con otras personas sintiendo hasta envidia, el sentimiento más horrible ¿Por qué chucha nos cuesta tanto aceptarnos? ¿Por qué somos tan masoquistas? Creo que es porque poco trabajamos el amor propio y el sistema de mierda nos obliga a juzgar por la apariencia. Sinceramente, quiero liberarme de los atavíos de mi cuerpo y enfocarme en mi maravilloso mundo interior que también se externaliza de manera mágica. Soy suficiente.

Pie de página

Es tiempo de playa soas. El único requisito es tener un cuerpo, traje de baño y bloqueador - no debemos dañar el skincare -.   







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